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Octubre del 2005


ESTA NOCHE

Esta noche, en la que me siento sola y algo perdida, es una de esas noches en las que recurro a mi mundo, y rescato jirones de verde de entre la tristeza buscando algo de magia y de color para sentirme llena de un poquito de vida. No quiero que la pena me domine y que la frustración y el desencanto me alcancen llevándome a vagar por silencios del alma. El miedo no puede entrar, y llamo con fuerza a mis elfos y a mis hadas para que me hagan compañía. Cuando todo sale mal siempre los tengo a ellos para vestir el aire de olores, colores y sonidos hermosos. Estoy algo chiflada por buscarlos, ya que siempre tratan de arrastrarme a su dimensión y hacerme bailar la danza de la locura. Pero eso es mejor que nada. Eso es mejor que todo. Eso es lo que de verdad me apetece ahora. Ahora que todo me ha fallado, que todos me han fallado, sólo me queda mi mente y lo que ella pueda traerme, pues soy pobre de todo lo demás.

Ojalá estuviera bailando otro baile, pero me ha tocado la peor pareja: la soledad impuesta. Y sólo puedo pensar en Dimlia y sus abrazos dementes e insensatos. Sus palabras de dulce  paranoia y sus miradas esmaltadas de indecencia. Me hace libre, y me independiza de mi propia consciencia, de mi conciencia de mí misma. Me abre la puerta al delirio, que tarde o temprano se apoderará de la realidad que marchita mi existencia.

Odio la fealdad, odio el sentirme así.

Dimlia ya está llegando, y esta vez creo que trae unos amigos. Son elfos del agua, así que el resto de la noche promete ser estupenda, y ya me veo descubierta por el amanecer en un lago de aguas obscenas borracha de sensaciones. Los elfos del agua son los mejores tejedores de fantasías y su país está lleno de utopías, sueños, quimeras e ilusiones. Ninguna decepción cabe allí, y todo es de verdes y azules con algún naranja que se ha escapado del vecino mundo de las hadas de luz.

Ya llegan. Voy a emborracharme de placer, y brindaré por todos aquellos que esta noche me han sorprendido contrariando mi voluntad, porque seré más feliz que ellos y mis sueños serán mucho más hermosos. Gracias a todos por darme una excusa para regresar a mis divinos desvaríos. Gracias. 

Por Pumpy - 16 de Octubre, 2005, 1:56, Categoría: General
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PELEGRINA

Esta localidad se encuentra a 7Km de Sigüenza y surgió al amparo del castillo que todavía se alza sobre un peñón rocoso que domina el valle del Río Dulce. Construido durante el s.XII fue parcialmente destruido en varias ocasiones, la última de ellas durante la invasión de las tropas napoleónicas, por lo que en la actualidad solamente se conservan parte de las murallas y tres torres en sus ángulos.

Pelegrina ofrece también otros tesoros como el castro de la Edad de Hierro del cerro de los Castillejos y la iglesia románica del s.XII que exhibe en su interior un retablo atribuido a Martín de Vadona y pinturas del maestro Diego Martínez del taller de Sigüenza.

Situado sobre un cerro que domina el valle, los increíbles paisajes que se pueden ver desde lo alto son los que le dieron nombre, ya que Pelegrina significa “bella perspectiva”.

He estado allí recientemente, paseando por el valle, y es una experiencia inigualable. Cuando llegué me sorprendió la impresionante belleza de la “Hoz de Pelegrina”, un estrecho tramo del cañón del río Dulce que se ve  nada más entrar en el pueblo. Enseguida busqué un camino por donde bajar, ya que necesitaba ver de cerca los farallones de roca, la abundante vegetación de la ribera, los cerezos y todos los elementos naturales que me estaban dejando boquiabierta incluso en la distancia. Vi un camino de cemento que bajaba en fuerte pendiente hacia el fondo del barranco, y comencé a caminar por él, sin perder de vista la frondosa chopera que acompañaba el curso del río. En la ladera me sorprendió ver algunos ejemplares de una planta que no había visto nunca, y que luego me dijeron que era Ixtle o Pita, originaria de México y que suele crecer en climas más cálidos. Las altas paredes resguardan el cañón de los típicos rigores del invierno de estas tierras altas, y si lo unimos a la abundancia de agua tenemos como resultado la proliferación de algunas especies singulares como esta, así como de numerosos árboles frutales. No es que entienda mucho de botánica, pero fui capaz de distinguir algunos como el endrino, el ciruelo silvestre y el saúco, que seguro son un importante recurso alimenticio para muchas especies de animales. Y luego también nogales, perales y manzanos. Había muchos más, pero mis conocimientos no alcanzan para tanto.

La pista de cemento terminó de pronto junto a unos grandes nogales y de aquí en adelante había que seguir un camino de tierra que conducía río arriba. A la vuelta de la primera curva me sorprendió la visión de una gran roca, una especie de monolito o de menhir de proporciones inmensas, con un agujero horadado como si fuera un ojo que vigilara el valle. Después de caminar un buen rato pasé junto a un puente de madera que quedaba a mi derecha. Había más gente por allí, y todos cruzaban el puente, pero yo fui incapaz. Las tablas se movían y había suficiente separación entre ellas para ver lo que había debajo. Pocas veces me juega una mala pasada el vértigo, pero esta vez no pude pasar al otro lado, así que dejé atrás el puente y seguí por el camino que ahora se transformaba en sendero. Y no me arrepentí, porque poco más adelante había un tramo espectacular donde abundaban los monolitos y las agujas de roca que se iban convirtiendo poco a poco en altos farallones calizos. Era increíblemente majestuoso, y yo me sentía pequeñita e insignificante frente a esas moles que me observaban. Decidí descansar bajo su protección y ahí sentada entre arbustos de pronto escuché un sonido, una rama que se quebraba. Supuse que venía alguien más por el sendero, pero no conseguía ver a nadie, y tampoco se oía ya nada, aunque estaba segura de que había oído algo. Me relajé y eché la cabeza hacia atrás para observar las formas de las agujas y sus dibujos. Mientras estaba así comencé a sentir un cosquilleo, y lo identifiqué enseguida: había alguien más allí cerca y me estaba mirando, seguro. Me puse algo nerviosa, pero no dejé que se me notara. Lo que hice fue aguzar los sentidos. Pasaron sólo unos minutos, que a mí me parecieron una eternidad, y escuché otra ramita quejarse, casi imperceptiblemente, y me volví enseguida con el tiempo justo de ver unos ojos entre unas ortigas. Mi movimiento brusco lo asustó, pero aún pude verlo saltar y desaparecer tras uno de los monolitos. Era un gato enorme, supongo que un gato montés, y me imagino que estaba más asustado de mí que yo de él. Una pena no haberlo presentido a tiempo de verlo mejor.

A partir de allí el caminó se estrechó, y después de pasar junto a unos viejos perales serpenteó por el fondo del barranco, pegado al río. Crucé por un vado y llegué hasta una fresneda, donde decidí dar la vuelta porque ya se había hecho un poco tarde. Cuando llegué arriba me entretuve dibujando ese cachito de castillo que tenéis arriba. Si podéis no os lo perdáis. Me contaron que cruzando el puente se llega a la cascada de Gollorio, que debe ser preciosa, aunque hay que ir en época húmeda porque sino está seca. Se desploma espectacularmente en dos tramos hasta una laguna, y se puede pasar por detrás y verla desde el interior.

Por Pumpy - 14 de Octubre, 2005, 12:36, Categoría: General
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SCIENCE FICTION

Estaba durmiendo tranquilamente en mi camita cuando algo me despertó. Me incorporé sobresaltada, desconfiada, sin tener ni idea de qué era lo que podía haberme hecho abandonar el sueño. Abrí los ojos y agucé el oído. Tras un rato me di cuenta de que el problema era el silencio, porque no había ni un solo ruido, y también la absoluta oscuridad, impenetrable. Decidí que lo más probable era que estaba soñando, así que lo que tenía que hacer era volver a dormirme dentro de mi sueño, y así evitaría el miedo y la confusión, y al despertar todo habría vuelto a la normalidad. Así que me tumbé y cerré los ojos. No tardé apenas nada en caer en un sopor pesado, mitad dormida, mitad despierta, y lleno de imágenes extrañas y sonidos aún más extraños. Era como una tortura para los sentidos, y los míos se rebelaron y me despertaron del todo, devolviéndome a ese silencio y esa oscuridad tan raros. Me levanté y encendí la luz, pero no funcionaba, y eso me empezó a preocupar: ni luz, ni sombras, ni ruido alguno. Intenté no asustarme ni angustiarme, pero la verdad, era un poco complicado, porque encima empezaba a sentir frío, un frío seco que se me estaba metiendo por los huesos, y eso sí era anómalo, porque estábamos en verano. Tanteando abrí el armario y me puse lo primero que encontré grueso y caliente al tacto, y luego ya conseguí encontrar unos calcetines, que me vinieron estupendamente hasta que localicé los zapatos, porque el suelo parecía congelado. Entonces recordé que en la mesilla tenía una vela y el paquete de tabaco con el mechero dentro, y corrí a cogerlos porque empezaba a sentir necesidad de ver algo. Prendí la mecha y me tranquilizó el ver que todas las cosas de la habitación parecían normales y en su sitio. Me acerqué a la ventana y saqué la vela fuera, pero su radio de acción no alcanzaba para ver nada. El silencio seguía siendo igual de profundo. Lo ruidos propios de la voz de la noche habían desaparecido. No sé cómo ni por qué, pero decidí que tenía que salir a la calle. El frío era la peor, pero me abrigué bien, busqué una linterna en el cuarto de los trastos, me llené los bolsillos de pilas y me armé de valor. No se veía absolutamente nada fuera del círculo de luz de la linterna, pero comencé a caminar. De pronto empezó a nevar, aunque no por eso se veía más, sino al revés, ya que parecía que los copos de nieve se tragaban la luz. Un perrito callejero empezó a seguirme. Parecía asustado, pero bueno, yo también lo estaba, y pensé que era mejor tener compañía, así que me paré, me di la vuelta, extendí la mano y dije: ven perrito, ven. Pero ¡sin voz!. ¡No tenía voz!. Debí de poner una cara de susto horrible, y me caí al suelo quedándome sentada mientras me agarraba la garganta e intentaba gritar o algo. Pero nada. Y para colmo, el perrito siguió acercándose, pero ¡no era un perrito!, ¡era una especie de cucaracha metálica con faros en los ojos!. Retrocedí hacia atrás arrastrándome por el suelo hasta que choqué con algo viscoso. Instintivamente dirigí la luz de mi linterna hacia la sustancia repugnante con la que había topado, y ¡era un muerto!, ¡un muerto con la piel verde y con escamas como los lagartos, los ojos metidos hacia adentro, una cara de muy muy viejo, y más de veinte dedos en cada mano!. ¡Y el cucaracho seguía acercándose!. Casi cuando estaba apunto de alcanzarme, el cucaracho dejó de moverse y empecé a ver mejor, así que apagué la linterna y me concentré para ponerme de pie y echar a correr. Pero el suelo estaba sembrado de muertos verdes, y daba mucho asco moverse. Yo estaba a punto de echarme a llorar, y me puse a gritar y gritar y gritar sin parar, y de pronto ¡grité!. ¡Volvía a tener voz!. ¡Siiiiii!. Eso me animó. Tenía que moverme, no podía quedarme allí, debía encontrar a alguien, a quien fuera. Así que me dirigí hacia la estación de tren. Allí había gente, todos asustadísimos, y casi no me dejan entrar, pero lo conseguí, y pude tomar un asqueroso, aunque en ese momento delicioso, café de maquina, gracias al cual acabé en el baño a los pocos minutos. Iba a salir un tren, sin rumbo definido, pero al menos nos moveríamos de allí. Alguien tenía una radio, y con mis pilas conseguimos hacerla funcionar a ver si nos enterábamos de alguna cosa. Nadie tenía ni idea de lo que había pasado o estaba pasando. Y nada oímos a través de la radio. Cuando terminaron de preparar el tren y lo cargamos de suficiente combustible, comida, bebida, mantas, y todo lo que pudimos encontrar en las cercanías de la estación, nos preparamos a partir. De pronto apareció un jinete en la puerta, cantando rancheras, y todos nos alegramos mucho, sobre todo las mujeres, porque era "Piporro", el que había conseguido vencer a las supermarcianas ninfómanas, y eso que una de ellas, además de marciana, era vampiro. Lo vitoreamos, y le hicimos subir junto con su caballo en el tren. Entonces nos contó que habían venido los cucarachos y los hombres lagarto de veinte dedos a la vez a invadir la tierra y que se estaban matando entre ellos. Todos nos pusimos entonces a contar nuestras experiencias personales, y el nos iba explicando todo lo que parecía tan inverosímil: la oscuridad, el frío, ….. Cuando terminamos todos de hablar y nos tranquilizamos un poco nos dispusimos a partir en busca de algún lugar donde poder estar tranquilos mientras se mataban los marcianos. Por fin llegamos a una especie de valle con un lago en medio. El tren se detuvo por votación popular y decidimos instalarnos allí. Después de tres meses, debo decir que prácticamente perfectos porque nos habíamos organizado estupendamente, pensamos que había que investigar un poco, a ver qué había pasado, si había terminado la guerra de seres repugnantes, si se habían matado entre ellos, o si alguno se había hecho con el control, … y me enviaron a mí con Piporro y dos tíos más, buenísimos, de estos que te quitan el hipo, a hacer averiguaciones. Bueno, yo estaba un poco asustadilla, pero con el piporro cerca nada nos podía pasar, y además se traería el caballo. Llevábamos mucho rato andando, todo el tiempo campo a través por si las moscas, y paramos a descansar y comer algo, justo a la orilla de un río. Yo me senté a la sombra de un árbol y me entró soporcillo. Uno de los tíos buenos se tumbó a mi lado y me di cuenta de que tenía ganas de mambo, pero me hice la dormida. El tío iba lanzadito, y me estaba pasando el brazo alrededor de la cintura, así que abrí los ojos dispuesta a echarle el broncazo del siglo.¡Dios!, El tío estaba muerto, y lo que me agarraba de la cintura no era su brazo sino ¡el tentáculo de un pulpo gigante con unas ventosas de tamaño de la cabeza de XCar!. Miré a mi alrededor mientras intentaba soltarme y observé que Piporro y el otro tío también estaban muertos y que el caballo relinchaba como loco colgando de otro de los tentáculos. ¡Voy a morir!, pensé. Y cerré los ojos porque pensaba que así sufriría menos, mientras el pulpo me agitaba en el aire de un lado a otro. Era el fin, lo sabía. Estaba segura. Hasta que me he despertado de verdad. ¡Dios!. ¡Es jueves!. ¡Todos los jueves igual!. ¡Si es que las birras del miércoles con los malavideros siempre me producen el mismo efecto!. Y ahora ¡a trabajar con resaca!. Eso sí que va a ser Science Fiction.

Por Pumpy - 4 de Octubre, 2005, 13:11, Categoría: General
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