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SCIENCE FICTION

Estaba durmiendo tranquilamente en mi camita cuando algo me despertó. Me incorporé sobresaltada, desconfiada, sin tener ni idea de qué era lo que podía haberme hecho abandonar el sueño. Abrí los ojos y agucé el oído. Tras un rato me di cuenta de que el problema era el silencio, porque no había ni un solo ruido, y también la absoluta oscuridad, impenetrable. Decidí que lo más probable era que estaba soñando, así que lo que tenía que hacer era volver a dormirme dentro de mi sueño, y así evitaría el miedo y la confusión, y al despertar todo habría vuelto a la normalidad. Así que me tumbé y cerré los ojos. No tardé apenas nada en caer en un sopor pesado, mitad dormida, mitad despierta, y lleno de imágenes extrañas y sonidos aún más extraños. Era como una tortura para los sentidos, y los míos se rebelaron y me despertaron del todo, devolviéndome a ese silencio y esa oscuridad tan raros. Me levanté y encendí la luz, pero no funcionaba, y eso me empezó a preocupar: ni luz, ni sombras, ni ruido alguno. Intenté no asustarme ni angustiarme, pero la verdad, era un poco complicado, porque encima empezaba a sentir frío, un frío seco que se me estaba metiendo por los huesos, y eso sí era anómalo, porque estábamos en verano. Tanteando abrí el armario y me puse lo primero que encontré grueso y caliente al tacto, y luego ya conseguí encontrar unos calcetines, que me vinieron estupendamente hasta que localicé los zapatos, porque el suelo parecía congelado. Entonces recordé que en la mesilla tenía una vela y el paquete de tabaco con el mechero dentro, y corrí a cogerlos porque empezaba a sentir necesidad de ver algo. Prendí la mecha y me tranquilizó el ver que todas las cosas de la habitación parecían normales y en su sitio. Me acerqué a la ventana y saqué la vela fuera, pero su radio de acción no alcanzaba para ver nada. El silencio seguía siendo igual de profundo. Lo ruidos propios de la voz de la noche habían desaparecido. No sé cómo ni por qué, pero decidí que tenía que salir a la calle. El frío era la peor, pero me abrigué bien, busqué una linterna en el cuarto de los trastos, me llené los bolsillos de pilas y me armé de valor. No se veía absolutamente nada fuera del círculo de luz de la linterna, pero comencé a caminar. De pronto empezó a nevar, aunque no por eso se veía más, sino al revés, ya que parecía que los copos de nieve se tragaban la luz. Un perrito callejero empezó a seguirme. Parecía asustado, pero bueno, yo también lo estaba, y pensé que era mejor tener compañía, así que me paré, me di la vuelta, extendí la mano y dije: ven perrito, ven. Pero ¡sin voz!. ¡No tenía voz!. Debí de poner una cara de susto horrible, y me caí al suelo quedándome sentada mientras me agarraba la garganta e intentaba gritar o algo. Pero nada. Y para colmo, el perrito siguió acercándose, pero ¡no era un perrito!, ¡era una especie de cucaracha metálica con faros en los ojos!. Retrocedí hacia atrás arrastrándome por el suelo hasta que choqué con algo viscoso. Instintivamente dirigí la luz de mi linterna hacia la sustancia repugnante con la que había topado, y ¡era un muerto!, ¡un muerto con la piel verde y con escamas como los lagartos, los ojos metidos hacia adentro, una cara de muy muy viejo, y más de veinte dedos en cada mano!. ¡Y el cucaracho seguía acercándose!. Casi cuando estaba apunto de alcanzarme, el cucaracho dejó de moverse y empecé a ver mejor, así que apagué la linterna y me concentré para ponerme de pie y echar a correr. Pero el suelo estaba sembrado de muertos verdes, y daba mucho asco moverse. Yo estaba a punto de echarme a llorar, y me puse a gritar y gritar y gritar sin parar, y de pronto ¡grité!. ¡Volvía a tener voz!. ¡Siiiiii!. Eso me animó. Tenía que moverme, no podía quedarme allí, debía encontrar a alguien, a quien fuera. Así que me dirigí hacia la estación de tren. Allí había gente, todos asustadísimos, y casi no me dejan entrar, pero lo conseguí, y pude tomar un asqueroso, aunque en ese momento delicioso, café de maquina, gracias al cual acabé en el baño a los pocos minutos. Iba a salir un tren, sin rumbo definido, pero al menos nos moveríamos de allí. Alguien tenía una radio, y con mis pilas conseguimos hacerla funcionar a ver si nos enterábamos de alguna cosa. Nadie tenía ni idea de lo que había pasado o estaba pasando. Y nada oímos a través de la radio. Cuando terminaron de preparar el tren y lo cargamos de suficiente combustible, comida, bebida, mantas, y todo lo que pudimos encontrar en las cercanías de la estación, nos preparamos a partir. De pronto apareció un jinete en la puerta, cantando rancheras, y todos nos alegramos mucho, sobre todo las mujeres, porque era "Piporro", el que había conseguido vencer a las supermarcianas ninfómanas, y eso que una de ellas, además de marciana, era vampiro. Lo vitoreamos, y le hicimos subir junto con su caballo en el tren. Entonces nos contó que habían venido los cucarachos y los hombres lagarto de veinte dedos a la vez a invadir la tierra y que se estaban matando entre ellos. Todos nos pusimos entonces a contar nuestras experiencias personales, y el nos iba explicando todo lo que parecía tan inverosímil: la oscuridad, el frío, ….. Cuando terminamos todos de hablar y nos tranquilizamos un poco nos dispusimos a partir en busca de algún lugar donde poder estar tranquilos mientras se mataban los marcianos. Por fin llegamos a una especie de valle con un lago en medio. El tren se detuvo por votación popular y decidimos instalarnos allí. Después de tres meses, debo decir que prácticamente perfectos porque nos habíamos organizado estupendamente, pensamos que había que investigar un poco, a ver qué había pasado, si había terminado la guerra de seres repugnantes, si se habían matado entre ellos, o si alguno se había hecho con el control, … y me enviaron a mí con Piporro y dos tíos más, buenísimos, de estos que te quitan el hipo, a hacer averiguaciones. Bueno, yo estaba un poco asustadilla, pero con el piporro cerca nada nos podía pasar, y además se traería el caballo. Llevábamos mucho rato andando, todo el tiempo campo a través por si las moscas, y paramos a descansar y comer algo, justo a la orilla de un río. Yo me senté a la sombra de un árbol y me entró soporcillo. Uno de los tíos buenos se tumbó a mi lado y me di cuenta de que tenía ganas de mambo, pero me hice la dormida. El tío iba lanzadito, y me estaba pasando el brazo alrededor de la cintura, así que abrí los ojos dispuesta a echarle el broncazo del siglo.¡Dios!, El tío estaba muerto, y lo que me agarraba de la cintura no era su brazo sino ¡el tentáculo de un pulpo gigante con unas ventosas de tamaño de la cabeza de XCar!. Miré a mi alrededor mientras intentaba soltarme y observé que Piporro y el otro tío también estaban muertos y que el caballo relinchaba como loco colgando de otro de los tentáculos. ¡Voy a morir!, pensé. Y cerré los ojos porque pensaba que así sufriría menos, mientras el pulpo me agitaba en el aire de un lado a otro. Era el fin, lo sabía. Estaba segura. Hasta que me he despertado de verdad. ¡Dios!. ¡Es jueves!. ¡Todos los jueves igual!. ¡Si es que las birras del miércoles con los malavideros siempre me producen el mismo efecto!. Y ahora ¡a trabajar con resaca!. Eso sí que va a ser Science Fiction.

Por Pumpy - 4 de Octubre, 2005, 13:11, Categoría: General
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