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PELEGRINA

Esta localidad se encuentra a 7Km de Sigüenza y surgió al amparo del castillo que todavía se alza sobre un peñón rocoso que domina el valle del Río Dulce. Construido durante el s.XII fue parcialmente destruido en varias ocasiones, la última de ellas durante la invasión de las tropas napoleónicas, por lo que en la actualidad solamente se conservan parte de las murallas y tres torres en sus ángulos.

Pelegrina ofrece también otros tesoros como el castro de la Edad de Hierro del cerro de los Castillejos y la iglesia románica del s.XII que exhibe en su interior un retablo atribuido a Martín de Vadona y pinturas del maestro Diego Martínez del taller de Sigüenza.

Situado sobre un cerro que domina el valle, los increíbles paisajes que se pueden ver desde lo alto son los que le dieron nombre, ya que Pelegrina significa “bella perspectiva”.

He estado allí recientemente, paseando por el valle, y es una experiencia inigualable. Cuando llegué me sorprendió la impresionante belleza de la “Hoz de Pelegrina”, un estrecho tramo del cañón del río Dulce que se ve  nada más entrar en el pueblo. Enseguida busqué un camino por donde bajar, ya que necesitaba ver de cerca los farallones de roca, la abundante vegetación de la ribera, los cerezos y todos los elementos naturales que me estaban dejando boquiabierta incluso en la distancia. Vi un camino de cemento que bajaba en fuerte pendiente hacia el fondo del barranco, y comencé a caminar por él, sin perder de vista la frondosa chopera que acompañaba el curso del río. En la ladera me sorprendió ver algunos ejemplares de una planta que no había visto nunca, y que luego me dijeron que era Ixtle o Pita, originaria de México y que suele crecer en climas más cálidos. Las altas paredes resguardan el cañón de los típicos rigores del invierno de estas tierras altas, y si lo unimos a la abundancia de agua tenemos como resultado la proliferación de algunas especies singulares como esta, así como de numerosos árboles frutales. No es que entienda mucho de botánica, pero fui capaz de distinguir algunos como el endrino, el ciruelo silvestre y el saúco, que seguro son un importante recurso alimenticio para muchas especies de animales. Y luego también nogales, perales y manzanos. Había muchos más, pero mis conocimientos no alcanzan para tanto.

La pista de cemento terminó de pronto junto a unos grandes nogales y de aquí en adelante había que seguir un camino de tierra que conducía río arriba. A la vuelta de la primera curva me sorprendió la visión de una gran roca, una especie de monolito o de menhir de proporciones inmensas, con un agujero horadado como si fuera un ojo que vigilara el valle. Después de caminar un buen rato pasé junto a un puente de madera que quedaba a mi derecha. Había más gente por allí, y todos cruzaban el puente, pero yo fui incapaz. Las tablas se movían y había suficiente separación entre ellas para ver lo que había debajo. Pocas veces me juega una mala pasada el vértigo, pero esta vez no pude pasar al otro lado, así que dejé atrás el puente y seguí por el camino que ahora se transformaba en sendero. Y no me arrepentí, porque poco más adelante había un tramo espectacular donde abundaban los monolitos y las agujas de roca que se iban convirtiendo poco a poco en altos farallones calizos. Era increíblemente majestuoso, y yo me sentía pequeñita e insignificante frente a esas moles que me observaban. Decidí descansar bajo su protección y ahí sentada entre arbustos de pronto escuché un sonido, una rama que se quebraba. Supuse que venía alguien más por el sendero, pero no conseguía ver a nadie, y tampoco se oía ya nada, aunque estaba segura de que había oído algo. Me relajé y eché la cabeza hacia atrás para observar las formas de las agujas y sus dibujos. Mientras estaba así comencé a sentir un cosquilleo, y lo identifiqué enseguida: había alguien más allí cerca y me estaba mirando, seguro. Me puse algo nerviosa, pero no dejé que se me notara. Lo que hice fue aguzar los sentidos. Pasaron sólo unos minutos, que a mí me parecieron una eternidad, y escuché otra ramita quejarse, casi imperceptiblemente, y me volví enseguida con el tiempo justo de ver unos ojos entre unas ortigas. Mi movimiento brusco lo asustó, pero aún pude verlo saltar y desaparecer tras uno de los monolitos. Era un gato enorme, supongo que un gato montés, y me imagino que estaba más asustado de mí que yo de él. Una pena no haberlo presentido a tiempo de verlo mejor.

A partir de allí el caminó se estrechó, y después de pasar junto a unos viejos perales serpenteó por el fondo del barranco, pegado al río. Crucé por un vado y llegué hasta una fresneda, donde decidí dar la vuelta porque ya se había hecho un poco tarde. Cuando llegué arriba me entretuve dibujando ese cachito de castillo que tenéis arriba. Si podéis no os lo perdáis. Me contaron que cruzando el puente se llega a la cascada de Gollorio, que debe ser preciosa, aunque hay que ir en época húmeda porque sino está seca. Se desploma espectacularmente en dos tramos hasta una laguna, y se puede pasar por detrás y verla desde el interior.

Por Pumpy - 14 de Octubre, 2005, 12:36, Categoría: General
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